Poesía en un jardín de gardenias
Preámbulos monólogos
gritos súplicas
el discurso constante
de la desesperación humana
me aburre
tendió a agotarse hace rato
como las flores
de las gardenias
agotan sus pétalos y
el invierno extingue el
fulgurante átomo de sus vidas
el hombre extingue
la verdad de las
palabras
en inverosímiles
cadenas asociativas
en cálculos
en estadísticas
la eterna línea
que dibuja cuentos
que se transforman
en profesiones
Quiero tomar estas
palabras y desnudar el
universo simbólico
Urano y Neptuno
aquí a mí lado
como gardenias en mi
jardín de sueños
cósmicos
viernes, 14 de agosto de 2009
Carmesí
Desde tus caleidoscópicos ojos
observo las galaxias,
híbrido de estrellas
siempre más allá de donde me aprisionas,
iridiscentes cataratas como explosiones,
sentado, desnudo, solo sobre el tiempo
de tu efímero reloj de arena
yuxtaposición melodramática de inconexos recuerdos
que estallan desde tus labios carmesí
y mi alma en la palma de tu mano
brillando como un marfil
Desde tus caleidoscópicos ojos
observo las galaxias,
híbrido de estrellas
siempre más allá de donde me aprisionas,
iridiscentes cataratas como explosiones,
sentado, desnudo, solo sobre el tiempo
de tu efímero reloj de arena
yuxtaposición melodramática de inconexos recuerdos
que estallan desde tus labios carmesí
y mi alma en la palma de tu mano
brillando como un marfil
sábado, 8 de agosto de 2009
¿Qué te vas a poner?
Aquí estamos, una vez más. Yo y mi fiel e insepareble amiga; este artílugio de circuitos, luces y trasnsitores que nunca llegaré a entender con presición. Es el precio que hay que pagar para encomendarse a los lujos inimaginables de esta antropomórfica maravilla que alberga en sus entrañas a la nueva biblioteca de Alejandría.
Me resulta extraño teniendo en cuenta el día y la hora no estar pasado ya de copas; en realidad, el hecho de no haber ingerido ni siquiera un solo cóctel ya me resulta demasiado desconcertante.
Pero no. Esta no es una noche para eso; no es una noche para celebrarse a uno mismo (si de eso se trata, me asumo como un avezado en la materia). No, hoy no; los dioses de la noche y los demonios de las letras tienen otros planes conmigo ahora.
Por estas horas me imagino la misma rutina en todos los bares y boliches de toda la puta ciudad, aquellos mismos que hace tiempo atrás frecuentaba como un advenedizo, como un ladrón que se tiende su propia trampa para que lo agarren mientras se chorea el botín más jugoso de todos: reggaetones explotando desde los parlantes donde reposan los codos de extraterrestres de caras bronceadas en pleno invierno, luciendo inefables morisquetas plásticas mientras alzan sus copas de vino de once pesos en el Super Chino como si fuera Don Perignon, mientras las comparsas de minitas no paran de tirar flashes por los rincones.
Hace un par de días, parte por desición propia y por otro lado ajeno a mi voluntad, volví a adentrarme en las pistas de esos odiosos lugares, donde el ambiente apesta a vacaciones durante la segunda quincena en Mar del Plata, camperas de gabardina y una profunda ética moral y ciudadana pasada la resaca del día siguiente.
Y ahí estaba yo; con mi difusa mirada distorsionada por nefandos químicos, confundido, intentando abordar una escena grotesca, rozando la locura. Aburriéndome con las mismos teatrales comportamientos que había observado con detalle desde que tenía trece años, mientras intentaba personificar mi papel sin nunca poder meterme en la piel de el actor que encarnaba, emborrachándome como si fuera la última vez, hipnotizado por pendejas que iban y venían para todos lados, sin poder cojerme a ninguna. Simplemente no cajaba y sigo sin cajar. Me aburre.
Ni siquiera me parecen lugares fuera de lo común; menos aún fuera de control. Salvo excepciones, y a pesar de sus alardeos y de los noticieros que exacerban todo, esos hangares de la imagen me resultan Iglesias comparadas con otros lugares que he frecuentado.
El motor del accionar humano se mantiene, como a lo largo de toda su existencia, gracias a la estúpidez. Y, lamentablemente, hoy la cúspide de tan preciado tesoro se haya monopolizada por la acción de aparentar; el placer de tener y mostrar. Lo que sea.
Los estúpidos por naturaleza ya no gozamos más el privilegio con el que antaño nos vanagloriabamos. Nos lo han robado y han abierto una monsruosa cadena de montaje con el mismo.
Denle una ametralladora a un mono en un bazar de vidrio y vean lo que es capáz de hacer... denle la estúpidez a la clase moralizante y ya tenemos gobernantes para rato...
Terminó por aburrirme la noche; sin sobresaltos, sin charlas, sin alcohol y sin mujeres alrededor (basta al menos una de las cuatro opciones para zafar) los viernes a esta hora pueden volverse demasiado anodinos para mí gusto. Mi fiel amiga (en realidad somos enemigos desde tiempos inmemoriales; se trata simplemente de una relación amor-odio, que es la que posibilita nuestra sagrada comunión) empieza a relamerse anticipando las lluvia de MPEGs. que está a punto de devorar en un par de horas. Provecho negra.
Me resulta extraño teniendo en cuenta el día y la hora no estar pasado ya de copas; en realidad, el hecho de no haber ingerido ni siquiera un solo cóctel ya me resulta demasiado desconcertante.
Pero no. Esta no es una noche para eso; no es una noche para celebrarse a uno mismo (si de eso se trata, me asumo como un avezado en la materia). No, hoy no; los dioses de la noche y los demonios de las letras tienen otros planes conmigo ahora.
Por estas horas me imagino la misma rutina en todos los bares y boliches de toda la puta ciudad, aquellos mismos que hace tiempo atrás frecuentaba como un advenedizo, como un ladrón que se tiende su propia trampa para que lo agarren mientras se chorea el botín más jugoso de todos: reggaetones explotando desde los parlantes donde reposan los codos de extraterrestres de caras bronceadas en pleno invierno, luciendo inefables morisquetas plásticas mientras alzan sus copas de vino de once pesos en el Super Chino como si fuera Don Perignon, mientras las comparsas de minitas no paran de tirar flashes por los rincones.
Hace un par de días, parte por desición propia y por otro lado ajeno a mi voluntad, volví a adentrarme en las pistas de esos odiosos lugares, donde el ambiente apesta a vacaciones durante la segunda quincena en Mar del Plata, camperas de gabardina y una profunda ética moral y ciudadana pasada la resaca del día siguiente.
Y ahí estaba yo; con mi difusa mirada distorsionada por nefandos químicos, confundido, intentando abordar una escena grotesca, rozando la locura. Aburriéndome con las mismos teatrales comportamientos que había observado con detalle desde que tenía trece años, mientras intentaba personificar mi papel sin nunca poder meterme en la piel de el actor que encarnaba, emborrachándome como si fuera la última vez, hipnotizado por pendejas que iban y venían para todos lados, sin poder cojerme a ninguna. Simplemente no cajaba y sigo sin cajar. Me aburre.
Ni siquiera me parecen lugares fuera de lo común; menos aún fuera de control. Salvo excepciones, y a pesar de sus alardeos y de los noticieros que exacerban todo, esos hangares de la imagen me resultan Iglesias comparadas con otros lugares que he frecuentado.
El motor del accionar humano se mantiene, como a lo largo de toda su existencia, gracias a la estúpidez. Y, lamentablemente, hoy la cúspide de tan preciado tesoro se haya monopolizada por la acción de aparentar; el placer de tener y mostrar. Lo que sea.
Los estúpidos por naturaleza ya no gozamos más el privilegio con el que antaño nos vanagloriabamos. Nos lo han robado y han abierto una monsruosa cadena de montaje con el mismo.
Denle una ametralladora a un mono en un bazar de vidrio y vean lo que es capáz de hacer... denle la estúpidez a la clase moralizante y ya tenemos gobernantes para rato...
Terminó por aburrirme la noche; sin sobresaltos, sin charlas, sin alcohol y sin mujeres alrededor (basta al menos una de las cuatro opciones para zafar) los viernes a esta hora pueden volverse demasiado anodinos para mí gusto. Mi fiel amiga (en realidad somos enemigos desde tiempos inmemoriales; se trata simplemente de una relación amor-odio, que es la que posibilita nuestra sagrada comunión) empieza a relamerse anticipando las lluvia de MPEGs. que está a punto de devorar en un par de horas. Provecho negra.
jueves, 30 de julio de 2009
Salmo

No lo recuerdo con exactitud. Ni siquiera intento hacer un esfuerzo por recordarlo. Pero lo que sí puedo afirmar con seguridad, es que desde aquella primera vez diluída en mi memoria, se trata de la misma sensación que me estremece en cada momento en que escucho ese saxo nuevamente. Una y otra y otra vez.
Llegué a Coltrane por curiosidad, divagando entre el infinito universo jazzístico. Hechizado, anodadado ante tanta belleza; sin entender lo que mis oídos escuchaban y temoroso de lo que no entendía. Preguntándome porque había tardado tanto tiempo en descubrir algo semejante.
Aquel saxo sonaba (y sigue sonando) como algo supremo, como un Amor Supremo. Más allá del bien y el mal, hermoso e interminable, sobrevolando veredas desérticas y hechizando suspiros con inexplicable dulzura.
Sentí aquella súplica y de inmediato comprendí que ese sonido era la verdad; ese sonido lo era todo: la luna sobre los tejados, los amores, el amor, el lugar exacto en el momento exacto en cualquier lugar y momento; cuando lo más simple se vuelve una vida entera en frente de los ojos y comprendés lo incomprensible. Todo aquella magia fluyendo por las venas como un torrente incontenible; una plegaria, un salmo, una explosión. Arriba con los dioses y bien abajo con los vivos.
Una melodía así, la misma que suena al tiempo que mis dedos nerviosos golpean las teclas inquietas, no puede provenir de algo tan fútil como lo es un hombre preocupado en su endeble existencia mundana; es el canto de un alma realmente hermosa que se encontró consigo misma y comprendió ser parte del todo, soplando con fuerza desde la nada misma para contar lo que había descubierto, haciendo más divino el sendero al encontrar el preciso y único instante y regalarlo más fantásticamente que miles de cuentos de hadas e interminables fábulas bizantinas. La pura verdad flotando en calles, habitaciones, cárceles y ciudades, durante siete inverosímiles minutos, mucho más alto que el templo de relojes que se erije sobre los cimientos de la incertidumbre.
Gracias infinitas por tu canto inolvidable, donde tu alma resplandece en 12 notas y mi corazón se funde con el tuyo, donde miles de fabulosas historias convergimos hacia el mismo pasadizo en búsqueda de la misma revelación. Gracias.
domingo, 26 de julio de 2009
Transformación del lenguaje, incomunicación personal y reconceptualización de la información en el siglo XXI (III)

Los teléfonos celulares ingresaron en el mercado a mediados de los 80, como una herramienta anatómica y eficiente, por ese entonces y hasta varios años después, privilegiada para empresarios u hombres de negocios. Hoy, la venta de celulares se ha vuelto un negocio redundante: es difícil encontrar personas que no posean uno, incluso en estratos sociales más bajos que los de la clase media. Hombres de mediana a mayor edad, mujeres y niños; la mayoría de la población mundial cuenta con estos pequeños teléfonos en su poder. El celular engendra una sensación de comunicación total entre sus usuarios: la idea de poder estar en contacto todo el tiempo. Pero la cuestión es que los celulares no se limitan meramente a cumplir esa función; se han convertido en un status, en una necesidad. Los jóvenes se pelean para ver quién tiene el mejor modelo, más caro, con mejor cámara, mp3 y un sinfín de comandos superfluos en relación con lo que respecta con la verdadera comunicación, priorizándose así el plan de mercado de las compañías, que alientan un consumo exacerbado e improductivo de la telefonía móvil. Se entreteje así un modelo de venta que lo que menos prioriza, paradójicamente, es la comunicación entre los individuos.
Los mensajes de texto han contribuido en gran parte a aquello. Como las llamadas desde celular se cobran a un valor relativamente alto respecto al costo de una de teléfono de línea, o inclusive mayor a los ya casi olvidados teléfonos públicos, la gente opta en muchos casos por utilizar esta modalidad, lo que convierte al celular en una herramienta que no cumple su función: uno compra un teléfono y lo que menos hace es realizar llamadas. Hace un par de años, cuando uno hacia una llamada, de la índole que fuere, sabía que aquello que debía hablarse tendría que ser claro y conciso, pese a ser algo banal, como podría serlo un encuentro en un café, pues aquella comunicación se establecería sólo una vez y era preciso entrar en lujos de detalles para que el encuentro estipulado se realizara con éxito. Hoy eso es lejano: por medio de los mensajes de texto los encuentros pueden surgir espontáneamente, sin necesidad de plantear de antemano nada, lo que sugiere un avance en el plano de la comodidad, aunque no así en el de la comunicación personal.
El celular otorga, en cierto modo, una sensación de omnipresencia: saberse comunicado en todo momento, creyendo que al otro lado de la línea siempre está el que buscamos, al menos hasta el momento en que se nos acaba el crédito, que por cierto casi siempre es muy restringido, o nos quedamos sin batería. En ese aspecto, las tecnologías de comunicación online operan del mismo modo: el Msn Messenger ha crecido a pasos tan desmesurados que prácticamente la mayoría de la juventud y cierto porcentaje de personas mayores utilizan el chat para comunicarse entre ellos. Lo que resulta difícil de entender es que aun cuando las sesiones permanecen abiertas la mayoría del día, los usuarios no se encuentran en las computadoras; se trata nuevamente de esa sensación de omnipresencia: dejar una notilla que indique dónde o qué estamos haciendo o qué vamos a hacer en el día. El anonimato parece haberse perdido en el ciberespacio: los programas de interacción online posibilitan una gran capacidad de almacenamiento de datos y todo el mundo tiene la posibilidad de circunscribirse a la misma para tener acceso a información de sus semejantes, como si se tratara de un Gran Hermano inducido y sustentado por los usuarios mismos.
Otra cosa para destacar, sin lugar a dudas cuando se habla de comunicación, es el lenguaje; y el lenguaje, propiamente aplicado, no cumple una función de mucho peso en las nuevas tecnologías, al menos no sintácticamente. La restricción de espacio y el apuro que demandan estos medios reconfiguran al lenguaje y acortan su estructura simbólica. Se delimita un nuevo argot y las palabras se diluyen en otras menos extensas, que se incorporan rápidamente en el lenguaje de sus interlocutores. El verdadero problema eminentemente no es ese, es decir que determinado lenguaje se delimite dentro de un determinado campo social, sino que éste (en este caso el lenguaje de la comunicación en el ciberespacio) se traslade a otros campos sociales e intervenga con peso mayoritario en lugares donde no debería hacerse notar.
Resulta necesario comprender que, para entender cabalmente el funcionamiento de los mecanismos de las nuevas tecnologías de comunicación, primero hay que entender que, como productos globalizados que son, tienen un propósito económico primario, por encima de su función social como herramienta tecnológica y su supuesto valor altruista en el desarrollo de la comunicación mundial.
miércoles, 17 de junio de 2009
REQUIEM POR “BIRD” PARKER Esta profecía llegó por correo:
en la última matanza de pájaros
un pájaro llegado de la nada sobrevivirá
y no se lamentará
y el pájaro llegado de la nada será un pájaro lento
un pájaro largo largo
en alguna parte hay una habitación
en una habitación
en el cual un viejo saxo
descansa en un rincón
como un puñado de arroz
pensando en BIRD
primera voz
hey, tío, BIRD a muerto
han encerrado su saxo en algún sitio
pusieron su saxo en un rincón de algún sitio
¿dónde está el saxo, tío, dónde?
segunda voz
al cuerno el saxo
¿dónde está BIRD?
tercera voz
se fue
BIRD estaba más ido que el sonido
rompió la barrera con un arrullo del saxo
BIRD estaba más alto que la luna
BIRD también se sostenía por encima de un tejado
como un monje estrambótico descendió
el saxo en las manos, por encima de todos
mirando desde arriba a aquellos tipos
con estrambóticos ojos medio cerrados
diciendo para sí: ¡yeah, yeah!
como si nada importara nada en absoluto.
cuarta voz
al principio de la borrachera nocturna
solo en el escenario de su ático
BIRD asió una flor negra en su mano negra
sopló con su saxo hacia el cielo
llegó hasta el cielo fantásticamente y a medio camino
del humanamente fatigado uso de las cosas
BIRD lanzó una efímera variación
una forzada rata rítmica
y las estrellas no sabían que hacer
entonces llegó un pájaro de la nada
tercera voz
yeah, un pájaro de la nada -
mientras BIRD estaba soplando
otro pájaro llegó
un pájaro irreal
un pájaro de la nada de grandes alas arrastradas
BIRD no le hizo caso; simplemente siguió soplando
y el pájaro grimoso siguió acercándose
primera voz
exacto, eso es lo que yo he oído
el pájaro que arrastraba las alas aterrizó frente a BIRD
miró a BIRD directamente a los ojos
BIRD dijo “corta”
y siguió soplando
segunda voz
pues parece que BIRD dio el corte al pájaro carca
primera voz
sólo durante un rato, tío
el pájaro de la nada empezó a echar espuma por la boca
haciendo todo tipo de disonancias
“tío, hazlo en otra parte” le rogó BIRD
pero el pájaro de la nada siguió arriba y abajo
como un viejo tacaño con un plan miserable
tercera voz
yeah, para entonces BIRD se había dado cuenta de que
aquello era una pasada
BIRD estaba a punto de marcharse, cuando de repente
el pájaro de la nada hundió su burbujeante cabeza
en el tubo del saxo de BIRD
cabreado, BIRD sopló una nota larga y loca
primera voz
fue su última nota, tío, la última
el pájaro que arrastraba las alas metió muerte en la garganta de BIRD
y todo el edificio tembló
cuando BIRD dejo caer su saxo
y el cielo se puso más negro...más negro
y el pájaro de la nada envolvió a BIRD con sus alas fangosas
hizo caer a BIRD
hasta el fondo
cuarta voz
BIRD ha muerto
BIRD ha muerto
voces primera , segunda y tercera
yeah, yeah
cuarta voz
llorad por BIRD
pues BIRD ha muerto
voces primera , segunda y tercera
yeah, yeah
miércoles, 20 de mayo de 2009
Los dioses aguardan tranquilos mirando el resumen de mediodía
ç
Los dioses esperan mirando el resumen deportivo de mediodía.
La vida es caos. Es esa pequeña porción de desengaño, de locura, de desesperación. La incertidumbre que nos posibilita seguir viviendo, dejar atrás aquellos miedos que rondan nuestros patéticos sueñitos oficinescos.
El plan que entreteje nuestra conciencia trabaja para las grandes corporaciones, para terratenientes de espíritus, de estados de ánimo. Sobrevolando con aire espectral las almas más hacinadas en prisiones de lo más efectivas; mundanos disfraces, corbatas cerrojos, autos cárceles.
Verdades bajo la llave de la monotonía de una rutina, sosegando la voracidad del alma y acallando la furia incontenible del ser.
En un mundo que gira en torno al dinero, los hombres giran en torno al dinero. La felicidad gira en torno al dinero. Los planes giran en torno al dinero. La cultura gira en torno al dinero.
Y los corazones buscan otros corazones, pero nunca los encuentran. Y cuando los corazones se encuentran, se dan cuenta que ambos se desgastan al filo del tiempo, a merced de los planes, de la cuerda vida más loca de todas.
La explosión es inminente; la explosión toma formas, se vuelve dolor, se vuelve amor. El amor se desvanece y se convierte en una biblioteca llena de libros de cocina, en una pensión de borrachos soñadores que creyeron ver el amor en la yema de sus índices, y que cuando despertaron de aquel embriagador letargo no vieron más que miles de corazones encerrados en cúbiculos de oficina, empotrados en jornadas laborales, marchitándose al vaivén de un tic-tac tic-tac.
Grandes jefes con olor a bestia, leviatanes de penthouse, pequeñas y cascadas sienes universitarias, académicas, expectantes al primer disparo; pibitas enfundadas en explosivos sostenes, imbéciles de sonrisa Kolgate fresh en apócrifos carteles de neón en la General Paz, omniscientes charlas de chicas judías en celulares con Blue tooth, antisemitas del KKK con cruces ardiendo en sus cuellos rojos de negros blues de Mississippi, viejos crápulas masturbándose frenéticamente pensando en sus nietitas, guachitos en las esquinas rezándole al Gauchito Gil en una nube de base, trenes viejos, trenes nuevos, la luna más alta que nunca sobre la calle más triste de Constitución.
Y dios mirando toda su obra desde la cúpula más perversa sobre el culo más alto del Vaticano: –"Hacen falta más policías." Una familia italiana rezando el risotto en Escalada al melancólico tempo de un tango arrabalero, agradececiendo la educación pública cristiana ortodoxa.
La vida es caos. La vida es simplemente vida. El miedo que sobrevuela los corderos perdidos en medio de la bucólica noche, olfateando a kilómetros la piel del lobo dispuesto a bailar la danza más feroz en medio del negro pasadizo. La vida es un Satán con su cola reposando en el Olimpo más vulgar de todos.

Los dioses esperan mirando el resumen deportivo de mediodía.
La vida es caos. Es esa pequeña porción de desengaño, de locura, de desesperación. La incertidumbre que nos posibilita seguir viviendo, dejar atrás aquellos miedos que rondan nuestros patéticos sueñitos oficinescos.
El plan que entreteje nuestra conciencia trabaja para las grandes corporaciones, para terratenientes de espíritus, de estados de ánimo. Sobrevolando con aire espectral las almas más hacinadas en prisiones de lo más efectivas; mundanos disfraces, corbatas cerrojos, autos cárceles.
Verdades bajo la llave de la monotonía de una rutina, sosegando la voracidad del alma y acallando la furia incontenible del ser.
En un mundo que gira en torno al dinero, los hombres giran en torno al dinero. La felicidad gira en torno al dinero. Los planes giran en torno al dinero. La cultura gira en torno al dinero.
Y los corazones buscan otros corazones, pero nunca los encuentran. Y cuando los corazones se encuentran, se dan cuenta que ambos se desgastan al filo del tiempo, a merced de los planes, de la cuerda vida más loca de todas.
La explosión es inminente; la explosión toma formas, se vuelve dolor, se vuelve amor. El amor se desvanece y se convierte en una biblioteca llena de libros de cocina, en una pensión de borrachos soñadores que creyeron ver el amor en la yema de sus índices, y que cuando despertaron de aquel embriagador letargo no vieron más que miles de corazones encerrados en cúbiculos de oficina, empotrados en jornadas laborales, marchitándose al vaivén de un tic-tac tic-tac.
Grandes jefes con olor a bestia, leviatanes de penthouse, pequeñas y cascadas sienes universitarias, académicas, expectantes al primer disparo; pibitas enfundadas en explosivos sostenes, imbéciles de sonrisa Kolgate fresh en apócrifos carteles de neón en la General Paz, omniscientes charlas de chicas judías en celulares con Blue tooth, antisemitas del KKK con cruces ardiendo en sus cuellos rojos de negros blues de Mississippi, viejos crápulas masturbándose frenéticamente pensando en sus nietitas, guachitos en las esquinas rezándole al Gauchito Gil en una nube de base, trenes viejos, trenes nuevos, la luna más alta que nunca sobre la calle más triste de Constitución.
Y dios mirando toda su obra desde la cúpula más perversa sobre el culo más alto del Vaticano: –"Hacen falta más policías." Una familia italiana rezando el risotto en Escalada al melancólico tempo de un tango arrabalero, agradececiendo la educación pública cristiana ortodoxa.
La vida es caos. La vida es simplemente vida. El miedo que sobrevuela los corderos perdidos en medio de la bucólica noche, olfateando a kilómetros la piel del lobo dispuesto a bailar la danza más feroz en medio del negro pasadizo. La vida es un Satán con su cola reposando en el Olimpo más vulgar de todos.
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